miércoles, 17 de agosto de 2011

viernes, 5 de agosto de 2011

En la mesa


Confieso que no soy un tipo muy civilizado (civilizado según mi propio argot) a la hora de las comidas. Tampoco cambio mucho a la hora de las cenas. Saber comportarse en una mesa (no sexualmente, en ese aspecto prefiero la cama por su comodidad) es una de mis aspiraciones frustradas. Conseguir ser un verdadero gentleman, un dandy de cuidado y no equivocarme con los cubiertos sería la segunda cosa que haría después de ser millonario. La primera es privada (es decir, es algo que me está privado, ¿comprenden el tonto juego de palabras?. 

Mi afán observador me juega malas pasadas. Aún hoy, lo confieso, siento vergüenza cuando veo las marcas de grasa dejadas por los labios en el borde del vaso, sobre todo llegando ya al segundo plato, momento en el que menos se usa ya la servilleta (al principio se usa por cumplido, por enseñar los gemelos, las pulseras, abalorios varios...). Qué desagradable es ver a alguien que, sin darse él mismo cuenta, se lleva la servilleta a la nariz para sonarse, disimulando después restregándosela por los morros, uniendo en una misma matriz restos de angula con viscosidades varias. También deploro los trasvases de elementos alimenticios entre los platos inocentes de los comensales. La impresión que tengo es que la comida que ha caído en un plato inmediatamente se identifica con él y se diferencia substancialmente de los demás. Lo que tenemos enfrente, ya sea una sopa, una ensalada o unos huevos fritos, pasan a ser infinitamente mejores que lo de los demás; excepto cuando no nos gusta. Entonces se pueden producir dos casos (o tres, según se cuente por la izquierda):

a) Que todos tengan la misma opinión negativa del plato, lo cual implica dos nuevas posibilidades: que todos maldisfruten del plato pero no se atrevan a comentarlo entre sus vecinos de mesa, con lo cual volvemos a la teoría antes mencionada aunque en el caso inverso: nuestro plato pasa a ser el peor de todos y hemos sido objeto de un desagradable complot contra nuestra persona. Y la segunda, que todos los comensales manifiesten su contrariedad por la poca calidad de las viandas, ya sea emitiendo sonidos guturales, poniendo mala cara, hablando pacíficamente o, simplemente, degollando al cocinero/a.

b) Que sólo nosotros opinemos negativamente chocando con la opinión de los demás que, irremediablemente se traduce por un “No sabes lo que te pierdes”, o, “Este chico no sabe comer” o también la ya famosa: “Si hubieras pasado el hambre que yo pasé en la guerra...” Frases convencionales que agravan más si cabe nuestro disgusto por la comida. Normalmente un plato así suele ser descalificado de por vida uniéndose a otros que por su extraño o mal aspecto nos negamos a tomar. También aquí surge la tópica frase: “Si no lo has probado ¿cómo puedes decir que no te gusta”, que, aunque lleve algo de razón, no deja de ser irritante y de mal gusto, como la mayoría de las frases tópicas.

Tengo la costumbre de leer mientras como. Está mal hecho y no lo digo por convencionalismo absurdo, ni nada por el estilo, sino porque eso me obliga a comer mirando oblicuamente al plato y la ingesta de los alimentos se hace más forzada y menos natural. Es posible que éste sea el indicio posiblemente sintomático de mis crónicos dolores ventrales.

Al comer ante desconocidos se extreman las precauciones y se intentan cumplir lo mejor posible las normas del código comensal. Imposible. Contra más atención se pone más se acentúan los errores. Es algo normal. Un error desaparece si nos olvidamos de él; andando el tiempo, éste desaparecerá por sí solo, seguro.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Bostezos


España es célebre por sus bostezos. Viajeros alemanes que recorrieron España en el siglo XVI, han dejado en sus memorias el recuerdo de los terribles bostezos españoles, bostezos de longaniza y pan, bostezos de buzón, bostezos de leones en desuso y asueto.

Es célebre el bostezo español ante las Pirámides, y es también célebre el bostezo de Felipe II después de haber ejecutado a más de trescientos hombres en la Plaza Mayor.

Se conocen otros bostezos célebres: el bostezo de Napoleón en Santa Elena, el bostezo de Dios al séptimo día, el de Dante cuando acabó la “Divina Comedia”.

Pero los bostezos de España siempre serán los de mejor clase, bostezos de hambre de sopas de ajo, bostezos de hambre de un mendrugo siquiera, bostezo de preso a cadena perpetua, bostezo de un aficionado a las corridas, bostezo de periodista.

El bostezo sostenido de los españoles es un bostezo que asombra a los públicos europeos, que nos tienen por Gayarres y Titas Rufos indiscutibles de los bostezos.

Tan de España son los bostezos, que el papamoscas de Burgos es un simbólico bostezador incesante y los místicos españoles son los que bostezan más en el mundo con el bostezo dirigido al cielo.
Hay bostezos que se dirigen con hambre a las estrellas y otros que surgen en cualquier momento y que amenazan la inspiración.

Los bostezos de los trenes se tragan el poco paisaje y brotan estentóreos y terribles en los coches de tercera cuando los que estaban dormidos se despiertan ya en el amanecer, próximos al punto de destino. Un extranjero que viajase entre esos energúmenos del bostezo se quedaría asustado y empavorecido como si hubiese entrado en la jaula de las panteras que lanzan bostezos parecidos guiñando un ojo con gesto de humanidad.

-El bostezo es la flor de la pereza -dijo aquél.

Así como existe el ectoplasma, como producto que se desprende del individuo, hay otra sustancia extoplasmática que se convierte en nubecillas flotantes y campantes, y que lanzan los bostezos al espacio. Muchas nubes solitarias e inexplicables de las tardes de los días de bostezos, son hijas del bostezador descomunal.

En la Edad Media hubo muchas personas que murieron por bostezarse echando el alma por la boca en su fiero desahogo. Por los bostezos terribles de entonces, verdaderos bostezos catedralicios, se abría a veces la boca y se quedaba abierta como para siempre, descuajeringada como cajón que no se puede cerrar.

Ante aquel peligro de los bostezos, que desgoznaban la boca o arrojaban el último soplo a los espacios, se acostumbró la gente a hacer la señal de la cruz sobre la boca entreabierta.

Entonces no existía el silbido ni el pateo en las demostraciones hostiles, sino que todos se ponían a bostezar para demostrar su desagrado. ¡Qué bostezos los de la castellana cuando la poesía del trovador no era entretenida! Conmovían el castillo como si hubiera agrandado su paterna la dinamita.


Pero ningún bostezo en las antologías de los célebres bostezos como el bostezo del fraile, bostezo solo comparable al que hace su capucha a la espalda, bostezo profundo, anonadador, nirvanático de todas las cosas.

El bostezo del fraile es que vuelve a ser un bostezo antiguo, un bostezo de la Edad Media, de aquellos en cuya sima cabía un cabrito asado entero.

Gracias a que la persignación eficaz de un fraile es candado formidable de su bostezo, y gracias a eso los demonios no podrán entrarle en el cuerpo aprovechando ese momento que pilla al ánima descuidada y con el portalón abierto.

Algo de sermón abortado tienen esos bostezos, en los que se escapa una gran bocanada de elocuencia sagrada, tan mezclada de latines, que se convierten esos bostezos en “bostezorum”.

Los bostezos femeninos son también de la misma progenie que los masculinos. El abanico era antaño, sobre todo, y aún lo es en los pueblos como San Juan de los Bostezos, la tapadera de los bostezos, tapadera que les viene chica a veces, y por eso se inventaron los célebres abanicos pericones.

El bostezo natural (no confundirlo con el bostezo artificial que crean los dentistas en todos sus clientes), tiene una fuerza de atracción atroz, y hay momentos en que una habitación entera se hunde en la vorágine del bostezo imantado.

Esta absorbencia de los bostezos, en donde es más pavorosa, es en la Naturaleza, pues un terremoto es un verdadero bostezo de la Tierra, bostezo inmenso, sin fin.

Todo corre peligro frente a ciertos bostezos: el cuadro de ese antepasado que da tanto sueño y hasta la lámpara del comedor cuando se suceden en ininterrumpida serie los bostezos de después de cenar, los terribles bostezos de la sobremesa, en que todo circunverge a la boca, que se dispara sobre sus goznes.

Ramón Gómez de la Serna